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Opinión: medicamentos, deporte nacional
10/4/17, 11:29:33 BUENOS AIRES, abril 10: En este texto, publicado originalmente en el diario La Voz del Interior, el médico Enrique Orchansk analiza la costumbre, a veces peligrosa, de guardas fármacos en el hogar.
En un país donde, a pesar de los esfuerzos reguladores, los fármacos son accesibles, cada hogar guarda toda clase de remedios que esconden la esperanza de salvar cualquier dolencia. Esta tradición se basa en que cada abuelo/a, padre, madre, tío/a y padrino/a esconde un farmacólogo sin título, dispuesto a medicar a quien sea.

En nuestro medio, algunas costumbres familiares se arraigan de tal modo que, por tradicionales y similares, pasan inadvertidas. Entre ellas se destacan las llamadas “cajas de auxilios domésticos”.

Una, muy masculina, es la caja de herramientas. Siempre pesada, siempre polvorienta, desborda tornillos, tachuelas, clavos y herramientas de diverso origen y antigüedad, que acumulan más afecto que uso. Otro depósito –más femenino–es el clásico y práctico costurero: de madera o latón, se llena con hilos, agujas, alfileres, tijeras y minucias que –útiles o no– nadie osaría tirar.

Ambos casos muestran el apego que existe por objetos que nos ligan a la memoria de quienes los usaron antes.

Cargado con el mismo afecto, otro cofre es igualmente venerado por muchos: la caja de los medicamentos. Pero esta es diferente; se asocia a un riesgoso deporte nacional: la automedicación. En un país donde, a pesar de los esfuerzos reguladores, los fármacos son accesibles, cada hogar guarda toda clase de remedios que esconden la esperanza de salvar cualquier dolencia. Esta tradición se basa en que cada abuelo/a, padre, madre, tío/a y padrino/a esconde un farmacólogo sin título, dispuesto a medicar a quien sea.

Una mención especial merecen las vecinas, tradicionales cuestionadoras de tratamientos médicos, y que no dudan en recomendar otra cosa que las curó a ellas (o a conocidos).

Tal exceso en el uso salvaje de medicamentos puede causar severos trastornos de salud, incluso muertes, si sabemos que toda medicina –industrial o casera– tiene efectos adversos; la mayoría, invisibles en el momento, pero dañinos a largo plazo.

Este deporte incluye a los niños, medicados por costumbre, intuición o desesperación de sus mayores, cuando sienten urgencia por aliviar dolores o molestias a sus hijos, pero desconocen los daños que podrían surgir.

Los fármacos administrados con más frecuencia a los chicos en nuestro medio contienen drogas analgésicas, antiespasmódicas, antialérgicas, laxantes, descongestivos respiratorios y antibióticos.

A la audacia de los aficionados se suma la temeraria certeza que transmiten las publicidades de medicamentos, como en el caso de los analgésicos de venta libre, que prometen eliminar todos los dolores, pero nunca advierten sobre el probado riesgo de daño renal o hepático.

Se estima que, en promedio, los niños pequeños reciben cada mes 20 dosis de analgésicos, justificadas en el apuro por reducir dolor o temperatura, pero sin considerar que la acumulación de drogas (paracetamol, ibuprofeno y dipirona son las más usadas) podría afectar de manera grave su calidad de vida futura.

Algo similar ocurre con la aplicación obsesiva de lociones contra la pediculosis: el uso casual apenas causa irritación de la piel, pero con la repetición pueden aparecer lesiones dérmicas profundas y hasta intoxicaciones del sistema nervioso central.

Es alarmante también la liviandad con que se administran descongestivos o jarabes para la tos, considerando que todos pueden provocar arritmias cardíacas, letargo o excitación psicomotriz.

Los medicamentos usados 
para aliviar molestias del sistema digestivo en adultos están totalmente contraindicados en niños. Los laxantes tienen el riesgo de deshidratarlos, mientras que los antiespasmódicos intestinales pueden enmascarar cuadros de apendicitis. La lista continúa, pero los ejemplos anteriores sobran para advertir sobre el riesgo de la automedicación indirecta.

Ante una esporádica y urgente necesidad de aliviar a un niño, la caja de medicamentos debería utilizarse de igual modo que 
los otros cofres domésticos (el de herramientas o el entrañable costurero): es posible ajustar 
un tornillo flojo, pero no reconstruir todo un artefacto doméstico. También coser un botón, pero no confeccionar un traje de novia.

Para las verdaderas soluciones, son aconsejables técnicos expertos o modistas diplomadas. Y, necesariamente, médicos con criterio ético en la indicación de medicamentos, que respeten cada condición, edad y tolerancia del paciente. Aunque después la vecina dude y recomiende otra cosa.
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